Prólogo los tres álamos

alamos

– Pí, í, í, í, í, í…
El sonido de la sirena despertó a Adela, la cual con el codo golpeó varias veces la espalda de su marido para despertarle. Sabía que a partir de ese momento, a Roberto le quedaba una hora para entrar a trabajar.
Era martes por la mañana, hacía una hora que había amanecido y Adela ya no podía dormir más. Sentía dolores en todos los músculos y las articulaciones, y el tiempo que había estado durmiendo no había conseguido disminuir en modo apreciable su agotamiento. No podía tomar sedantes, pues su avanzado estado de gestación se lo impedía. Delatando su cansancio por sus ojos cubiertos por unas increíbles bolsas, Adela se incorporó de la cama y se dirigió a correr las cortinas de la ventana de su habitación. La tormenta había cesado durante la noche, y el sol oblicuo de la mañana se colaba por la persiana formando rayas de sombras y luces doradas en las sábanas y las mantas. Roberto empezó a moverse lentamente y, con sus ojos a medio abrir, vio la silueta de Adela avanzando lenta y pesadamente, con sus brazos arqueados sobre sus riñones, con una prominente barriga, detalle que indicaba que el momento del parto no podía estar ya muy lejano. Vagamente se incorporó en la cama. Su cuerpo parecía querer negarse a salir de ella, pero él, de un salto, quiso poner fin a esa negativa. Entró en la cocina y se dirigió a su mujer para darle un beso, acto seguido se fue hacia la mesa, pues vio que el desayuno estaba ya servido.
– Ya sabes que si tuvieses algún síntoma, llamas a la lampistería y que me localicen lo más rápidamente posible.
– No te preocupes, pero recuerda que hasta dentro de una semana no salgo de cuentas.
– Con eso contaba también tu hermana, y se le adelantó cinco días.
– Ya te he dicho que no te preocupes.
– Bueno, yo me voy.
– ¡Adiós! y ten cuidado.
Roberto cerró la puerta de casa y se dirigió a coger el atajo que le iba a llevar hasta la mina. La humedad del ambiente, producida por la tormenta caída durante la noche, mezclada con el frío de la mañana, hacía que el cuerpo se entumeciese y que a ratos un escalofrío le recorriese de pies a cabeza. Lentamente empezaba a divisar la rueda del castillete, y en pocos segundos todo el recinto se abría ante él.
Los Tres Álamos es el nombre de la mina. Una mina con setenta años de antigüedad, que viene siendo explotada desde sus comienzos en 1906, por unos empresarios privados.
Don Carlos, uno de los mayores accionistas de la empresa, está a cargo de la dirección, desde hace unos diez años. Además de ser el ojito derecho de los realmente dueños de los Tres Álamos, en él tienen depositada toda su confianza, pues su carácter fuerte y dominante, su gran habilidad para las negociaciones con los obreros y el miedo que impone en la mayoría de ellos con sus amenazas, hace que saque gran rentabilidad al trabajo que en ella se lleva a cabo.
El que trabaja en la mina desde guaje, es como el que lleva en prisión gran parte de su vida y le dejan en libertad bajo palabra. Al principio se excita, y luego no sabe vivir en el mundo exterior. Así que comete otro crimen, para que vuelvan a encerrarle. La institución puede ser restrictiva o insatisfactoria, pero él ya la conoce, y para él es segura.
Roberto lleva desde los catorce años trabajando en la mina, no ha conocido otro trabajo que no sea el de minero, pues su padre, que también trabajó en el mismo pozo, tuvo que retirarse pronto por causa de la silicosis, y él como hermano mayor de cinco que son, tuvo que ponerse a trabajar para que les llegase el sustento a todos. De aquella época, a la persona que ya no podía trabajar, no se la reconocía por lo que había hecho hasta ese momento, sino por lo que podía hacer a partir de ahora, y con un tercer grado de silicosis ya era bastante con tener que aguantar los ataques de ahogo que sufría. De ahí que se les retirara con una miseria de paga y se diera el puesto a otro mucho más joven que él, que pudiera rendir en el trabajo, lo que la empresa pide. En este caso, el puesto se lo dieron a Roberto, por ser hijo de obrero con más de veinticinco años de servicio, y después de un duro reconocimiento médico, comenzó a trabajar de ayudante de picador.
En los diecisiete años que Roberto lleva en la mina ha aprendido muchas cosas, se mueve por ella como un topo bajo tierra. Pero con todo lo a disgusto que esté, por muy duro que sea su trabajo, e incluso por muy traidora que sea la mina, Roberto no ha conocido otra cosa. Sabe que su vida está arraigada por completo a la minería y que sus días, para bien o para mal, acabarán dependiendo de ella.
– Buenos días a todos – saludó Roberto cuando entró en la casa de aseo para cambiarse de ropa.
– Hola – contestaron varios a la vez.
– ¡Ah! – exclamó el compañero que se estaba cambiando a su lado. – Después de fichar tienes que ir a ver al capataz jefe. Tengo entendido que te van a asignar un nuevo compañero.
– ¿A mí? – se sorprendió Roberto.
– Sí, parece ser que acaba de llegar uno nuevo y quieren mandarlo contigo.
– ¡Venga ya!, vosotros estáis de broma.
– Tú vete a ver al capataz, y él te contará.
Acto seguido a fichar, Roberto se dirigió a la oficina del capataz.
– Buenos días, acaban de decirme que quería verme.
En dicha oficina se encontraban el capataz y un chico joven, que por los cálculos de Roberto, aún no debía haber cumplido ni dieciocho años.
– ¡Hola, Roberto! Te voy a presentar a Fran, tu nuevo compañero.
– Encantado, Fran ¿Puedes dejarnos un momento a solas?
– Por supuesto – contestó Fran, aunque no le hizo mucha gracia el tener que salir de la oficina.
– ¿Qué coño es eso de mi nuevo compañero?
– Ya sabía que no te iba a hacer mucha gracia – alegó el capataz – Pero esto viene de arriba. Parece ser que es sobrino de uno de los máximos accionistas, y
quieren que lo prepares tú.
– ¿Y qué pasa con Alfredo? Lleva dos años conmigo, y trabajando muy duro para sacar la categoría. No podéis mandarle para otra rampla, así por las buenas.
– Ya te he dicho que eso es una locura. Ese chico no tiene ni la más mínima experiencia, y ya no es el hecho de que le pueda pasar algo a él, es que nos puede matar a todos los que estamos allí metidos.
– No hay que ser tan alarmista – alegó el capataz, como queriendo quitarle importancia al asunto.
– Procura que el chico al principio se vaya fijando en cómo lo vas haciendo tú, luego según lo veas, le vas dejando que poco a poco vaya haciendo algo. Así,
hasta que se familiarice con el trabajo.
– Qué bonito, y mientras tanto, el trabajo que me hacía Alfredo, ¿quién me lo hace? – El cabreo está aumentando en Roberto por momentos, aunque él, interiormente, sabía que no le iba a servir de nada.
– Ya veo que aquí vale de poco dar explicaciones. Cuando se toma una decisión poco importa a quién se pisa.
Roberto hizo amago de salir de la oficina, pero el capataz le volvió a reclamar.
– ¡Espera!, si ves a Alfredo no le digas nada, primero quiero hablar yo con él.
– Pues espero que sepa darle una explicación más convincente de lo que va hacer con él, que la que me ha dado a mí.
– Eso ya es problema mío – contestó el capataz, con un aire un poco más autoritario.
– Cierto que es problema suyo – Y sin mediar más palabras, Roberto cerró la puerta de la oficina y se fue.

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